Los abrazos me cambiaron la vida

Dentro de poco se cumplirán 40 años de mi primer encuentro con Brotes de Olivo. Fue en Arriate, Málaga, tenía 16 años, había algo que me enganchó. El Espíritu sopla en todo momento, pero aquel fin de semana fue un huracán.

Como nota destacable de aquellos años, me voy a fijar en un detalle que me cambio la vida y hoy día se ha extendido, convirtiéndose en una costumbre de una buena àrte de nuestra sociedad: los abrazos.

Os pongo en antecedentes: a fínales de los años 70 la Iglesia estaba madurando el Concilio Vaticano, la sociedad asumiendo la transición Española y la gente estaba deseosa de participar en la sociedad, compartir y cambiar hábitos rancios.

En ese contexto y mis 16 añitos, me veo en una misa donde se canta (de la manera que todos sabéis) y en la cual se participa, no es un monólogo. Esto, que ahora nos parece habitual en según qué lugares, era (y aún lo sigue siendo) muy atrevido y no muy bien visto. Y aquí el símbolo que me cambió, definitivamente, era el momento de la Paz.

En la Eucaristía no dábamos la mano al próximo, como se hacía en todas partes con mucha seriedad y educación, sino que comenzamos a abrazar a todos los que podíamos. En el momento de la paz el abrazo me hacía sentir el Amor de Dios, el perdón, la espiritualidad del cambio interior, y la unidad con el otro. Poco a poco ese acto se convirtió en el sígno de mi cambio, de nuestro cambio.

El gesto de Paz en la Eucaristía fue transcendiendo a nuestra vida y así cuando saludo a algún “desconocido” le estrecho la mano, pero si dice que ha pasado por Pueblo de Dios o que tenemos en común algún momento de Espiritualidad paso directamente a abrazarlo. Ahí nos reconocemos como hermanos porque lo vivido nos une y sabemos que el Reino de Dios es un Reino donde el afecto acampa a sus anchas y así, con este gesto de Paz, lo mostramos cuando nos reconocemos.

Abrazar no es un acto frío, es un acto afectivo, “…amaos los unos a los otros…” donde el espacio personal se une al de la otra persona compartiendo con afecto nuestro momento de encuentro. Abrazando se pierde un poco la compostura a favor del cariño, no importan las circunstancias sino el reconocimiento de que el otro es parte de mi vida y lo Amo, lo acerco y lo hago participe de mi emoción, de mi gesto.

En los abrazos nos perdonamos, nos animamos, nos decimos sin palabras cuánto de todo, nos mostramos unidos y, cómo no, (y no seáis mal pensados) nos complacemos en el tacto de querer al herman@. Qué mayor signo de Paz que un abrazo.

Me encanta que una de las señas de identidad de nuestra vida sean los abrazos; abrazos que reconfortan, acarician, dan calor, acercan, unen…

Un abrazo.

Nazario Guerrero

Salesiano Cooperador y “Brotilio” (de toda la vida).